MUERE RAFAEL CALDERA EN VENEZUELA. MI HOMENAJE
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Quiero contribuir al debate sobre la mejor forma de avanzar hacia un desarrollo integral y hacia la contrucción, cada vez más consistente, de una sociedad solidaria, entrando en diálogo con otros acerca de los temas más actuales. Con mirada abierta a los nuevos fenómenos espero hacer algunos modestos aportes. Nadie es dueño de verdad alguna, pero entre todos podemos aproximarnos y caminar, con libertad, hacia un mundo mejor. Este es mi propósito.
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En "notas preliminares" sobre las elecciones municipales en Chile, escribí en el punto 5 lo siguiente: "Entre los partidos políticos, sobresale el mal resultado obtenido por la Democracia Cristiana, que perdió muchos votos y dejó abierta la puerta a redefiniciones internas trascendentes. El debate en su interior se encendió de inmediato y tiene visos de intensificarse en los días venideros." Pues bien, antes de transcurrir 24 horas, ya se produjo el primer gran hecho político dentro de esa fuerza política, a saber, la renuncia "indeclinable" de la senadora Soledad Alvear a la Presidencia del Partido y a su postulación a la Presidencia de la República. Creo que se trata de un gesto notable y aleccionador. Sin vacilación y sin perder tiempo en cavilaciones, esta política emblemática de todo el período de la Concertación ha sacado las consecuencias políticas y ha dado "un paso al lado" para facilitarle a su partido el camino hacia la superación de su crisis. Soledad Alvear, con su actitud, le devuelve a la política nacional una buena dosis de prestigio, que harta falta le ha estado haciendo. Abre, a la vez, el horizonte de su partido, a reflexiones más profundas sobre sus males. Deberemos observar cuidadosamente lo que está sucediendo en el panorama político chileno, porque, con toda seguridad, seguirán produciéndose consecuencias de los complejos resultados de las elecciones municipales del domingo pasado.
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Ayer leí en un homenaje a Bernardo Leighton la siguiente intervención:
LA PRESENCIA DE BERNARDO LEIGHTON EN EL PDC CHILENO
En la historia de la humanidad los discursos de los grandes dirigentes suelen contribuir a tejer la delicada tela con la cual se construyen las identidades de los mismos y de las sociedades en las que ellos están insertos. Jesús, por ejemplo, con su Sermón de la Montaña, generó de golpe la identidad del Cristianismo. Hizo mucho, pero mucho más –lo sabemos- para ese mismo fin, pero ese discurso quedó como uno de los principales que él dijo. Gandhi confesó que en ese mensaje estaba toda su noviolencia. Abraham Lincoln dejó una huella indeleble de su personalidad y de su gran visión sobre la democracia en su Oración de Gettysburg y legó un instrumento precioso para configurar el alma americana y la propia democracia en el mundo. Martín Luther King, cuando le contó a la multitud reunida en Washington sus sueños, movilizó energías dormidas que cambiaron muchas cosas en la gran nación del Norte y en el planeta entero. En Chile, -¡cómo no recordarlo!- Frei hizo lo propio con su discurso de la Patria Joven en 1964. Otros líderes también hicieron aportes similares. Hoy quiero, en este acto tan significativo, referirme a una notable intervención de Bernardo Leighton, que no debe ser olvidada.
El 29 de Julio de 1984, en que se celebraba el aniversario del Partido Demócrata Cristiano, él leyó en el Teatro Caupolicán un breve discurso para agradecer un homenaje que se le rendía. Con palabras sencillas, cautivó a todos los que ahí estábamos. Hoy quiero recordarlas, porque ellas le dicen a Chile mucho de lo que la Democracia Cristiana es y significa. Constituyen, además, una muy oportuna interpelación en este preciso momento. Por eso, sin hacer nada sistemático, vamos a recorrer sus palabras y vamos a dejar que fluyan solas algunas lecciones para el momento actual.
Leighton comenzó así sus palabras:
“Querido presidente Gabriel Valdés, queridas amigas y amigos:
“Agradezco conmovido el homenaje público que me rinde mi partido y, en nombre también de Anita, lo acepto. Acepto este homenaje por un motivo muy distinto de la vanidad personal que pudiera pensarse por algunos.
“Esta ocasión me permite volver a dirigirme a miles de compatriotas para traerles un mensaje de fe en los valores democráticos y de esperanza de que su lucha será recompensada.”
Este comienzo sitúa con claridad lo que Leighton aprecia positivamente. Poder dirigirse a miles de compatriotas es la esencia de un político y él ha estado callado por mucho tiempo dentro de Chile y siente que esta es una oportunidad para transmitir un mensaje de fe y esperanza en un país viviendo bajo una larga dictadura.
Pero, podemos preguntarnos, fe y esperanza ¿en qué?
Él lo dice claramente. ¡Fe en los valores democráticos! ¡Esperanza de que su lucha, la lucha de miles de compatriotas, “será recompensada”!
Desde estas primeras palabras podemos observar que Leighton es el de siempre. Es el dirigente estudiantil de 22 años que participa en la toma de la casa central de la Universidad de Chile para que termine la dictadura de Ibáñez. Es quien le dice poco después en Coquimbo, a los marineros amotinados de la escuadra, en una larga discusión con ellos, que deben desistir del empleo de la violencia para luchar por una causa justa, como es la de ellos, y que deben escoger otros métodos para hacerse escuchar. Es quien concurre a la Moneda, -¡y habla desde uno de sus balcones!-, para solidarizar con el Presidente Montero que está pronto a abandonar la Moneda, derrocado por un golpe militar. Es quien respalda unos años más tarde al Presidente Aguirre Cerda ante un intento de golpe que se llamó el “ariostazo”. Es el que porfiadamente quiere ir a la Moneda el 11 de septiembre de 1973 a respaldar al Presidente Allende ante los golpistas, y que no concurre porque se lo impiden sus camaradas y las circunstancias mismas. Es el que dos días después condena el golpe y que, algunos meses más tarde, denuncia la dictadura en Italia y en Europa al costo de ser exiliado forzadamente por varios años y sufrir un terrible atentado contra él y la señora Anita.
Aquí, en el teatro Caupolicán, ante varios miles de demócratas cristianos que lo escuchamos esa vez con viva emoción, Bernardo nos transmite fe en los valores democráticos y esperanza de que la lucha a favor de ellos no será en vano. ¡Es el de siempre, vivo y presente con solo repasar sus palabras y su mensaje!
Pero continúa hablando:
“Toda mi vida luché por ampliar y fortalecer la democracia de mi patria. Alguien podría pensar: ¡Entonces Leighton fracasó!”
La mención hecha de sus actitudes en defensa de los valores democráticos ya nos han demostrado lo que él afirma. Toda su vida, en efecto, ha luchado por “ampliar y fortalecer” la democracia chilena. Sin embargo, puesto que habla en plena dictadura, su fracaso pareciera ser la conclusión lógica que alguien podría hacerse. Después de todo, van en ese momento 11 años de dictadura, el período más largo que ha conocido la historia de Chile. ¡Y todos sabemos que todavía faltaban varios años más antes de que terminara!
En esa atmósfera, Leighton sale al paso a esa objeción con una argumentación impecable. Dice:
“Pues no, mis amigos. Porque si esta mañana estamos aquí es gracias a la fuerza. ¡A la fuerza de ese pasado democrático que se abre paso a pesar de todo lo que se ha hecho por negarlo y cancelarlo!”
Es importante subrayar aquí este párrafo, porque encierra la esencia misma de la vía no-violenta activa que Leighton siempre practicó y enseñó con su ejemplo: la presencia de miles de compatriotas en el Caupolicán, realizada bajo régimen de dictadura, es un acto de fuerza, de desafío, de resistencia cívica, pero no es un acto de violencia. Es de fuerza, de desafío, de resistencia cívica, por el solo hecho de reunirse, pero lo es también porque representa un pasado democrático “que se abre paso”, o sea, una realidad que presiona, avanza y camina hacia una verdadera resurrección.
Leighton pasa entonces a mostrar la herramienta con la que luchó siempre, su partido, compuesto de sus queridos camaradas. Así continúa hablando:
“Mi lucha no fue la un hombre solo. Milité en un partido que nació pequeño y que terminó siendo la expresión mayoritaria del país: el Partido Demócrata Cristiano. Formo parte de su grupo fundador.”
Este punto es muy importante. Leighton cree íntimamente que actuando solo nunca habría tenido la repercusión que tuvo su acción. Por eso militó toda su vida en el mismo movimiento político, donde él practicaba la amistad cívica y la entrega personal como pocos lo han hecho en la historia chilena. Era verdaderamente fraterno. Era hermanable. ¡Era el hermano Bernardo!
La lección que puede sacarse de este ejemplo que él nos dio podría formularse así: un partido es siempre una comunidad de acción que se sostiene por su capacidad para vivir y anticipar en su interior el mundo que quiere construir. En el caso de su opción por la DC, Leighton la vivió como comunidad de acción atravesada por la fraternidad y el espíritu solidario. Para él, o era eso, o se convertía en una montonera destinada a luchar caóticamente por el poder en la forma más implacable. ¡Qué actual es este mensaje!
Y alude enseguida al momento inicial y a sus principales actores. Dice:
“Conservo unas fotografías tomadas en 1935, el día de su fundación. Ahí se pueden ver los rostros jóvenes, apenas salidos de la adolescencia, de Manuel Garretón, de Ignacio Palma, de Radomiro Tomic, de Eduardo Frei. También estaban con nosotros don Horacio Walker, don Rafael Luis Gumucio y su hijo, Rafael Agustín.”
“Recuerdo ese día como si fuera hoy. Nos animaba el deseo de organizarnos para ser más eficaces. Más eficaces en la lucha porque Chile se sacudiera viejos moldes y creciera. Creciera en lo económico, pero sobre todo en lo político, en lo social y en lo cultural.”
Los jóvenes que fundaron esta fuerza política querían organizar un instrumento eficaz para poder luchar para que “Chile se sacudiera viejos moldes y creciera.” Era todo un programa: ¡sacudir a Chile de viejos moldes y crecer!
Los viejos moldes eran conocidos. Se trataba de instituciones añejas que frenaban el desarrollo. Chile era pobre, porque había dependido de una estructura agraria colonial, de casi un solo producto minero, el salitre, sustituido después por el cobre, y de muy pocas y débiles industrias urbanas. Había que remover estos “viejos moldes” para crecer. Y aquí Leighton dice algo esencial. Dice que querían, -¡nuestros padres fundadores!-, que el país “creciera en lo económico, pero sobre todo en lo político, en lo social y en lo cultural”. O sea, ya en ese momento, ellos pedían un desarrollo que no consistiera en puro crecimiento económico, sino también, y “sobre todo”, en crecimiento “en lo político, en lo social y en lo cultural” ¡Ellos querían, ya entonces, desarrollo integral, como lo estamos pidiendo hoy, y no aceptaban el liberalismo capitalista, que, al igual que el neoliberalismo, postulaba y practicaba un economicismo arrogante que pretendía resolverlo todo con el solo crecimiento de los bienes materiales, despreciando dimensiones políticas, sociales y culturales esenciales para no crear ese mundo “unidimensional” que denunciara Marcuse con toda razón!
Añade después una reflexión más amplia sobre la fe democrática. Dice:
“Creíamos que la gran tradición republicana del siglo diecinueve había sido justamente la capacidad demostrada entonces, por quienes dirigieron el país, de establecer formas democráticas de gobierno en una época en que América Latina no conocía sino caudillos, dictadores e interminables guerras fratricidas.”
Leighton y sus camaradas de la primera hora valoran lo construido en el ámbito político en el siglo XIX. Pero también eran conscientes de lo mucho que siempre quedaba por hacer. Por eso agrega:
“Pero no bastaba con sentirnos orgullosos de la tradición. Para ser fieles a ella era necesario ensanchar y profundizar el edificio democrático.”
Aquí también hay una decisión programática. La democracia no es una idea estática, que se construye una sola vez y no vuelve a moverse más. No. Ella es siempre una idea dinámica, que admite una permanente ampliación (o ensanchamiento, como él dice) y un constante perfeccionamiento (o profundización, como él también la llama). La democracia es, entonces, un gran edificio que requiere permanente mantención y cuidado, para que nunca caiga en desuso y pueda desplomarse.
Y continúa con estas afirmaciones decisivas:
“Para eso nacieron la Falange primero y el Partido Demócrata Cristiano después. Para eso hicimos gobierno con Eduardo Frei a la cabeza. Para eso estamos hoy aquí, en medio de todas las dificultades, dando testimonio ante la nación entera.”
Aquí aparece el sentido profundo del surgimiento de estos instrumentos, la Falange Nacional primero y el PDC después. Ellos fueron construidos para hacer cambios profundos en nuestro país, dentro de un marco democrático en permanente perfeccionamiento. Este fue el programa de la “revolución en libertad”. Y sigue siendo el derrotero profundo de la DC, ahora en un marco democrático que de nuevo requiere reformas importantes -para no quedar a mitad de camino-, y de un cambio del modelo económico neoliberal, por uno de desarrollo integral para una sociedad solidaria en el mundo globalizado en que estamos.
Nos vamos acercando al final de este discurso memorable de Bernardo Leighton. En efecto, él remata su breve, pero sustantiva reflexión, volviendo a recordar el día de la fundación, en un 12 de octubre de 1935, de esta fuerza política. Recuerda entonces las palabras de dos oradores insignes de aquel día: las de don Rafael Luis Gumucio y las de Radomiro Tomic. Dice:
“El día que fundamos la Falange hablaron don Rafael Luis Gumucio y Radomiro Tomic. Don Rafael Luis, que ya estaba delicado de salud, se sintió mal durante el discurso y dijo: ´¡Que importa que un corazón viejo y enfermo deje de latir, si hay miles de corazones jóvenes que seguirán latiendo!´ Radomiro cerró sus palabras diciendo ´¡Patria nuestra, patria nuestra, con tu nombre en el pecho se ha puesto de pie una juventud!´”
Aparte de lo emocionantes que son por sí mismas estas palabras, surgen algunas reflexiones que merecen hacerse en torno a ellas, a partir del elemento común que tienen de referirse y subrayar ambas el elemento Juventud. En efecto, don Rafael Luis Gumucio, desde la perspectiva del hombre mayor que ya es, irradia esperanza, porque ve “miles de corazones jóvenes que seguirán latiendo”; y Radomiro Tomic, por su parte, proclama, con su vehemencia característica, que “se ha puesto de pie una juventud”. Don Rafael Luis nos comunica un mensaje que no debe ser olvidado: mientras haya jóvenes con corazones latiendo por los valores que hemos proclamado, hay futuro, hay esperanzas, hay porvenir. Tomic se dirige a la Patria, a Chile, y le avisa que una juventud “se ha puesto de pie”, esto es, ha iniciado una marcha, ha decidido movilizarse. Otra vez hay un mensaje claro: Tú, Chile, tienes en el horizonte un futuro mejor, porque aquí hay una juventud que te va a servir y sacar adelante. Finalmente, ambos oradores nos interpelan desde entonces a asumir una tarea, o mejor dicho, un compromiso. En efecto, ambos ofrecen al país un mensaje de esperanza basada en la decisión de una juventud de iniciar su marcha para servirlo y no para servirse de él.
Todo esto nos conduce a las brevísimas, pero emocionantes palabras finales:
“Dije antes que recuerdo ese día como si fuera hoy. Me equivoqué: ¡Ese día es hoy!”
Creo que el gran desafío que tenemos en la actualidad se resume en estas palabras. O somos capaces de hacer de este tiempo actual un momento refundador de la DC, o esta fuerza decaerá hasta desaparecer paulatinamente. Hay por delante, dentro de muy poco, un Congreso. Es una primera oportunidad para refrescar la memoria y ratificar los compromisos correspondientes. Pero este mensaje trasciende ese gran evento, porque se refiere a un proceso profundo y vasto que debemos empujar entre todos. Es hoy, es siempre, el día de la fundación de esta fuerza política.
Demos gracias, una vez más, a Bernardo Leighton, por regalarnos esta hora de recogimiento, inspiración y propósito para la acción en los tiempos por venir. Y volvamos, una y otra vez, a trabajar en la dirección que él nos señaló. Tendremos a nuestro lado su presencia viva, como la estamos experimentando en este momento.
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Con este título, el jueves 12 de julio recién pasado, hice, en la sala Bernardo Leighton del PDC en Santiago (Alameda 1460), la siguiente exposición:
Introducción
Debo referirme en esta ocasión a dos puntos centrales para la DC chilena: el primero se refiere a la vigencia de su doctrina política; el segundo, alude a los desafíos planteados por el nuevo escenario chileno y mundial. La respuesta a estas interrogantes obliga a plantear un tercer punto, referido a la posibilidad de una segunda oportunidad histórica para la DC, a la que todavía está, en el mejor de los casos, concursando.
I.- VIGENCIA DE LA DOCTRINA POLÍTICA DEL PDC
¿Está vigente la doctrina política de la DC o ella carece de sentido en la actualidad?
La pregunta es siempre válida y necesaria y, de hecho, cada generación legítimamente se la vuelve a plantear. Después de todo, es el punto de partida básico y primero para dar el paso siguiente, de comprometerse con sus premisas, o buscar otros caminos.
Subrayemos también que hablamos de doctrina política, o sea, de un cuerpo de principios generales, válidos en toda circunstancia, destinado a ser aplicado en el campo de la política, o sea, en ese pedregoso terreno del poder, donde se juega la marcha del Estado en un país determinado, en este caso el de esa patria que llamamos Chile.
La respuesta a la pregunta sobre la vigencia de la doctrina política de la DC constituye, en principio, una buena noticia, pues ella confirma su plena validez. Aquí se encuentra, a mi juicio, una fortaleza de la DC chilena: su actuar está presidido, en el nivel más elevado, por una doctrina, no por una ideología que establece fines coyunturales, ni por un simple programa para un período limitado de tiempo.
Aunque el ejemplo doctrinario más claro sea el de la dignidad y centralidad de la persona humana, frente al cual nadie duda de que se trata de un postulado de validez permanente, tampoco tenemos duda de que esta dimensión “personalista” va siempre acompañada por una dimensión “comunitaria”, dentro de la cual esa misma persona se realiza como tal. Como la persona es todo y parte a la vez, o sea un ser único e irrepetible, por un lado, pero siempre integrante de entidades sociales mayores, como la familia, la vecindad, etc., esas dos dimensiones constituyen hechos fácilmente comprobables, frente a los cuales es relativamente sencillo formular algunas premisas generales y permanentes que sean incorporados a un cuerpo de doctrina política. Igualmente, afirmamos sin vacilar que democracia, libertad, justicia social y solidaridad son valores permanentes y que el Estado, en cuanto gerente del bien común, debe tomar las medidas necesarias para su existencia y mejor desarrollo. Igualmente, la propiedad es importante y hay un derecho a ella; pero no es ilimitado, pues tiene siempre una dimensión social, dimensión que Juan Pablo II llegó a llamar “hipoteca social”. La familia es el núcleo principal de la sociedad y a su protección y desarrollo hay que dedicarle los mayores esfuerzos. La justicia social que enfrenta y supera las desigualdades, discriminaciones y exclusiones de toda índole es otro principio central. Todas estas afirmaciones son doctrinarias y nunca serán modificadas en su esencia profunda. Constituyen la orientación básica del accionar político, la carta de navegación como también se dice hoy. Lo que evolucionará constantemente, en cambio, serán las formas de aplicar políticas públicas para caminar en la dirección fijada por la doctrina y esto por la sencilla razón de que el entorno histórico es siempre cambiante.
La vigencia, entonces, de la doctrina política de la DC, es indiscutida y no requiere, en esta ocasión un análisis más detallado. Pienso que todos comprendemos esto y lo aceptamos. No necesita, al menos ahora, más debate.
II.- LA DC Y LOS DESAFÍOS DEL NUEVO ESCENARIO NACIONAL Y MUNDIAL.
Aterrizando ahora al mundo real en que se juega lo afirmado por la doctrina política, nos encontramos con dos escenarios principales, que comprenden, a su vez, escenarios menores que, en esta ocasión, omitiremos.
Chile es el primer escenario dentro del cual se desarrolla la DC, pero, en tiempos de globalización acelerada, el acontecer mundial influye inevitablemente y cada vez más en su quehacer diario, configurando el segundo escenario.
Veamos de inmediato a la DC en ambos escenarios.
La DC chilena surge en un marco histórico específico, como parte de un vasto proceso de cambios acaecidos en el país a partir de 1920 y, en particular, al interior del catolicismo chileno a partir de 1925 con la separación de la Iglesia y el Estado.
Este hecho precipitó circunstancias que le abrieron espacio y camino a las ideas socialcristianas.
Su historia es demasiado conocida para repasarla esta vez, de manera que tampoco nos detendremos en este aspecto. En ella hay luces y sombras, altos y bajos, derrotas y victorias, hechos para estar orgullosos y otros para no estarlo. La tarea autocrítica es delicada, por lo controversial que puede llegar a ser, pero es necesaria y hasta sana si se hace con espíritu elevado. En cualquier caso, para tranquilidad de todos, no será hecha aquí.
Sólo quiero dejar constancia de que tenemos muchas asignaturas pendientes si miramos con ojos lúcidos y compasivos el país que hemos contribuido a desarrollar. Vivimos en una sociedad que ha hecho avances, muchos de ellos con participación nuestra. Pero observamos también vacíos que no podemos ignorar. Yo resumiría lo principal en la distancia existente entre ricos y pobres, que no se ha movido un milímetro en las casi dos décadas que llevamos gobernando.
La DC, como expresión política europea y latinoamericana, surge de hechos gruesos que se desarrollan en el siglo XIX y que maduran a lo largo de todo el siglo XX. Dichos hechos giran fundamentalmente en torno a los problemas sociales creados por la forma liberal-capitalista de organizar la sociedad industrial emergente ya desde mediados del siglo XVII.
Estos problemas sociales, manifestados genéricamente en explotación, con injusticias de toda índole, estimularon la crítica y la búsqueda de respuestas alternativas para organizar una sociedad industrial con más justicia social. Sobresalieron, a la larga, las respuestas socialistas y socialcristianas.
Es en este punto donde corresponde subrayar una observación crucial, un dato fundamental: la realidad de fondo a organizar con justicia social era la misma para todas las corrientes políticas, económicas y sociales. Era la sociedad industrial. ¿Por qué es este un “dato fundamental”? Porque hoy esa realidad ha cambiado de raíz, hasta el punto de marcar un cambio de era similar al acaecido cuando la era agraria comenzó a perder su hegemonía a partir de la revolución industrial, sólo que ahora a mayor velocidad todavía. Aunque en Chile estemos algunos pasos más atrás que muchos países más desarrollados, también en nuestro suelo se ha acelerado el tranco. Este fenómeno está obligando a todas las fuerzas políticas a plantear nuevas soluciones para la nueva realidad que se viene. Estamos en medio de transiciones. Por esto –y no por otra cosa- las soluciones del pasado no sirven ahora y mucho menos mañana.
Lo esencial de estos años radica en que vivimos varias transiciones en diversos aspectos de la vida actual. Voy a mencionar solamente cuatro de entre ellas, perceptibles en Chile, que convergen y generan inseguridades espirituales, poniendo en evidencia la profundidad del cambio:
PRIMERA: hay una lenta, reacia, pero inevitable decadencia del patriarcado. Es un cambio cultural profundo en el que la Presidenta Bachelet y la Presidenta del PDC, Soledad Alvear, son apenas la “punta del iceberg”. Marca una transición histórica en las relaciones de género.
SEGUNDA: hay una sistemática disminución de las reservas de combustibles fósiles. Se comienza a acabar la fuente energética básica de la sociedad industrial. Se anuncian, cuando no están ya en marcha, complejas y gigantescas readaptaciones tecnológicas y de hábitos de vida cotidiana. Es una transición que comienza a ocupar nuestra mente cada vez más.
TERCERA: hay un cambio profundo en la mentalidad, los conceptos y los valores que forman parte de la visión de la realidad que dominó hasta mediados del siglo XX. El racionalismo ha encontrado sus límites. Nuevos paradigmas se abren camino en todos los aspectos principales de la vida humana. Es, en suma, una transición al nivel del pensamiento, que es, como sabemos, la antesala de toda acción.
CUARTA: estamos pasando aceleradamente de la sociedad industrial a la del conocimiento y la información, generando cambios aún no visualizados por nadie plenamente. A cada momento surgen nuevos desarrollos. El ritmo de los avances tecnológicos es vertiginoso. Esta transición abarca todas las demás.
Estos cambios son similares, aunque lejos más profundos todavía, al cambio que se produjo en el mundo cuando fue evidente que la tierra no era plana, sino redonda. Todo cambió en ese momento, incluyendo muchas metáforas religiosas. (Por ejemplo: el cielo estaba arriba y el infierno abajo. En un planeta redondo y no plano, eso ya no pudo decirse más como metáfora válida.)
La DC jugó su primera oportunidad histórica en el marco de la sociedad industrial y en el creado por estas transiciones que he mencionado. Hoy tiene que prepararse para dar nuevas respuestas en el nuevo escenario. Esto nos lleva a la pregunta de la tercera parte de esta intervención.
III.- ¿TIENE LA DC UNA SEGUNDA POSIBILIDAD HISTÓRICA?
La pregunta no tiene respuesta fácil. Para comenzar, podemos responderla afirmativamente basados en un acto de fe, como se hace numerosas veces cuando se profesa una religión. Pero el PDC no es un iglesia, sino un conglomerado de ciudadanos dispuestos a servir a su país en la mejor forma posible, dentro de cauces que define en un permanente proceso de toma de decisiones. Como agrupación humana que es, a veces acierta y a veces se equivoca; tropieza y hasta se cae, y vuelve a levantarse. No es inmune a nada. Está expuesta a lo bueno y a lo malo. Por eso no debemos ser ni autocomplacientes, ni autoflagelantes. Sólo se nos pide ser lúcidos, honestos y equilibrados en el análisis de nuestro proceder y no barrer la basura debajo de la alfombra, ni tampoco ocultar o minimizar lo positivo, como quien coloca la lámpara debajo de la cama para iluminar la pieza.
Dicho esto, podemos mirar el conjunto y decir, sin temor a equivocarnos, que el PDC ha hecho grandes aportes a Chile. En el proceso de preparación del V Congreso se realizó un esfuerzo notable por “escuchar a Chile”. Se realizaron decenas de actos en todo el país, hasta superar largo el centenar, y ahí se apreció siempre un reconocimiento a lo aportado. Pero también se escuchó fuerte un clamor a favor de la rectificación de muchas cosas, para que el PDC siguiera siendo un actor central de la política nacional. Retengamos siempre estos dos puntos: hemos hecho un aporte valioso, pero, para continuar prestando un servicio a la altura de los tiempos, tenemos que hacer rectificaciones, que debemos precisar y colocarlas entre las tareas fundamentales de nuestro futuro inmediato y en el de mediano y largo plazo. No podemos dejar de estar presentes hoy, en el día a día, pero estamos obligados a tener, simultáneamente, una mirada de mayor alcance. Es en este marco en el que se plantea la pregunta de esta última parte de esta intervención. ¿Tiene la DC una segunda oportunidad histórica? Con ella pienso en un período parecido al vivido hasta ahora, en que atravesando buenos y malos tiempos, la DC ha jugado un rol central capaz de orientar la marcha del país, sea desde el gobierno o de la oposición. En efecto, ella ha estado inmersa en el acontecer nacional. Pero hoy la sociedad chilena no es la de 1964 a 1970; menos aún la del corto período de Allende; ni siquiera la del más largo período de Pinochet. Los 17 años de gobiernos de la Concertación ya tuvieron que actuar sobre un país distinto y, a su vez, durante este período transformaron mucho de la realidad que existía al comenzar. Una vez más tenemos puesta la vista hacia delante.
Es cierto: la última palabra la tendrá siempre el pueblo soberano expresándose en las urnas y en todos los canales existentes o por crearse en el seno de la sociedad chilena. Pero la responsabilidad de concebir una propuesta, diseñar programas y persuadir y obtener los apoyos indispensables, radicará en una medida decisiva en la conducción partidaria y en el esfuerzo de todos los dirigentes y militantes.
En suma: el Chile de hoy es otro y es a partir de ahí desde donde debemos volver a despegar.
Esto tiene enormes consecuencias políticas, pues el PDC debe, en cierta forma, anticipar dentro de sí algo de lo que va a ser la sociedad que desea crear. Esto es fundamental. ¡Nadie le creerá a la DC que quiere una sociedad fraterna si no practica visiblemente la fraternidad en su interior!
Veo cuatro capítulos que no pueden faltar en un programa de la DC chilena de cara al siglo XXI:
1.- Esfera ética o moral: Chile vivió, en un período de 16 años y medio de dictadura, una experiencia prácticamente inédita, que dejó lecciones variadas. En el terreno ético o moral pienso en la centralidad alcanzada, como tarea nacional, por los derechos de la persona humana. Siendo la dignidad “sagrada” de la misma, desde su concepción hasta su muerte natural, un punto que está en el corazón mismo del pensamiento humanista cristiano, el deber está claro. Luchar permanentemente por el respeto y desarrollo de los derechos humanos, como forma concreta de asegurar que cada persona alcance su pleno desarrollo, que incluye esa dignidad, es la primera prioridad.
2.- Aspecto socio-económico: la DC chilena debiera ser capaz de formular un programa para construir una economía solidaria de mercado. Ese debiera ser el camino para terminar con la separación y la distancia entre sectores sociales muy desiguales en sus oportunidades, aplicando un sentido de justicia social afinado en un mundo que enmascara la realidad por todos los medios imaginables. Economía de mercado sí, pero simultáneamente solidaria y justa, para enfrentar y superar el individualismo brutal que hoy se ha infiltrado por todos los resquicios de nuestra realidad cotidiana y descubrir, denunciar y erradicar las injusticias existentes.
3.- Aspecto político: necesitamos una democracia de creciente calidad. Esto obliga a plantear una reforma del Estado que lo modernice, lo haga menos burocrático y más eficaz. Se requiere menos grasa y más músculo para velar por el bien común y, en particular, por el buen funcionamiento del pilar solidario y de justicia social de la economía, garantizando y promoviendo el desarrollo integral en nuestra tierra.
4.- Aspecto internacional: la gran asignatura pendiente en este terreno es la integración latinoamericana. Ella es hoy imprescindible para formar parte de un grupo que en el mundo sea “alguien” y no “algo” en el mundo actual. Este es el camino para que todos podamos insertarnos con identidad en el mundo global. De lo contrario, seguiremos caminando bastante a remolque de fuerzas que no controlamos.
Si somos fieles a lo permanente, a la doctrina y a lo mejor de nuestra historia, y somos capaces de dar las respuestas ideológicas y políticas que se necesitan para hacer de Chile, en este nuevo contexto, una comunidad de hombres libres, una patria para todos, una sociedad fraterna, justa y solidaria, la DC tendrá una segunda oportunidad histórica para ser el principal instrumento de estas metas.
Si planteamos como ideal perseguir un desarrollo INTEGRAL para crear un modelo SOLIDARIO de sociedad y hacemos de nuestro Humanismo Cristiano una herramienta que sea, simultáneamente, social, concreta y noviolenta, la DC tendrá asegurado el apoyo ciudadano y el éxito en su empeño. El Humanismo cristiano no se hace con palabras, sino con acciones concretas. Es de nuevo el esfuerzo por poner el sábado al servicio de la persona y no al revés.
La tarea que hay por delante es hermosa y puede llenar de sentido la vida de todos nosotros, pero, muy en especial, la de los más jóvenes. El PDC puede ser de nuevo la vanguardia y la solución para los desafíos que enfrentará Chile en este siglo todavía joven.
El gran poeta venezolano Andrés Eloy Blanco, en su “Canto a los Hijos” escribió estos versos:
“Es el alba. Los niños despertarán, amigos.
¿quién besará sin manchas la frente de la aurora?
¿quién mirará de frente los ojos de los niños?”
¡Aquí está el desafío! Estamos, otra vez, a punto de llegar al alba, a la luz del día que despierta a los niños, a los que vendrán después de nosotros. ¿Les cumpliremos? ¿Podremos besar sin manchas su frente, “la frente de la aurora”, del futuro, del porvenir? ¿Podremos mirarlos a los ojos sin temblar y sin bajar la vista? ¡Este es el desafío! ¡estamos llamados a responderlo positivamente! ¡Es lo que Chile espera de la DC!
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| "... según entiendo, cuando el camarada Boye nos dice que él no está por “corregir” el modelo, sino por “cambiarlo”, no me parece que se está refiriendo a este debate, por así llamarlo, “tecnócrata”. El camarada Boye está haciendo un planteamiento fundamental de principios, conforme a nuestra doctrina, de acuerdo a la cual el sistema capitalista debe ser sustituido porque es esencialmente un sistema injusto, con lo que no puedo estar más de acuerdo, porque yo también “he luchado toda la vida” por ese cambio."
Correa entiende bien. De esto se trata. Y él lo precisa aún más en sus palabras siguientes: "Sin embargo, la idea de ‘cambio’ en esta perspectiva no corresponde al “timing” del debate de corrección señalado, que es algo actual e inmediato, sino, como el propio camarada Boye lo adelanta, es algo “mucho más largo”: es “una larga marcha noviolenta activa”. Yo diría, es una larga marcha democrática." Acepto también que decimos lo mismo cuando hablamos de larga marcha noviolenta activa o larga marcha democrática. El principio y el método de la noviolencia activa constituyen el alma de una democracia y lo mejor de ella. Toda violencia (no fuerza) queda excluída, sin que por ello las víctimas de injusticias queden indefensas. Siempre tendrán herramientas noviolentas -o democráticas- para poder luchar por sus derechos. Como bien concluye Correa "el cambio, sin caminos democráticos para alcanzarlo, es una quimera y, más que eso, una traición a las esperanzas de los más necesitados, una irresponsabilidad que los pueblos terminan pagando con su sangre". Aparte de lo dicho, también coincido con Correa que plantear correcciones al modelo o profundizaciones del mismo equivale a estar con él, o sea, y esto lo digo yo, a defenderlo, mantenerlo, validarlo y legitimarlo. Por eso, aunque mi planteamiento quede, hasta ahora, en un plano más general y no técnico, lo que corresponde hacer hacia adelante, si queremos sustituir el actual modelo por otro realmente diferente, es comenzar a diseñar programas que vayan apuntando hacia la transformación de lo existente. Si queremos desarrollo integral no podemos seguir quedándonos en políticas de puro crecimiento económico. Tenemos, por ejemplo, que considerar a fondo la inclusión de la dimensión cultural en el concepto mismo de desarrollo y elaborar políticas públicas que contemplen claramente esta dimensión que se suele relegar al rincón de lo superfluo, de lo prescindible. Si nuestro modelo final es una sociedad atravesada por el principio de solidaridad, capaz de sustituir el feroz individualismo ya instalado en nuestra realidad por el modelo introducido en Chile por los Chigago Boys de Pinochet, y que hasta ahora no se ve combatido con toda claridad, nuestra tarea deberá consistir en introducir el elemento solidario en todas las políticas públicas venideras. No digo aquí que esto no se haya hecho, pero está muy claro que hay todavía un larguísimo tramo por recorrer.
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