miércoles, junio 02, 2010

MI PADRE CUMPLE 100 AÑOS

El 2 de Junio de 1910 nació mi padre, Otto Boye Ramírez. Aunque falleció joven, a los 61 años, en septiembre de 1971, hoy cumple 100 años y lo siento muy presente, como si nunca hubiera partido de este mundo. Guardo los mejores recuerdos de él. De profesión dentista, junto a mi madre, Hilda (como en la foto), formó una familia unida que ambos guiaron con amor y una cierta autoridad moderada, fundada más en el diálogo que en la imposición vertical. En el hogar que formaron nunca me sentí oprimido o presionado más allá de lo prudente. En medio de cualquier situación primaba el cariño. Perteneció a la masonería donde siempre se sintió a sus anchas. Fundamentó en sus ideales masónicos la tolerancia que practicó en todas partes, comenzando por su hogar. De hecho, sus hijos vivimos siempre en un clima de libertad para pensar y actuar en la vida según nuestras propias convicciones y decisiones, que él respetó rigurosamente. Discrepamos algunas veces, pero siempre en un buen clima humano. Nos enseñó con su práctica a ser demócratas de verdad. Su vida fue intensa y de trabajo disciplinado. Era ordenado hasta el detalle. En las fiestas era un animador nato. Cantaba y reía con entusiasmo. Le agradaban la buena mesa y la tertulia con amigos. En su juventud practicó el fútbol (arquero de la U. de Chile en 1929) y la boga (Club de Regatas Valparaíso). Después le gustó la hípica. Alcanzó a conocer a parte de sus nietos (de los ocho hijos que la vida nos regaló a Nina María y a mí, alcanzó a conocer a cuatro) y los disfrutó cada vez que pudo. Tendría mucho más que decir, pero eso supondría no poder rendirle hoy este homenaje y hacer este recuerdo de un hombre que dejó un legado que perdura entre quienes lo conocimos. Ahora sólo me nace decirle: ¡feliz cumpleaños, papá!

1 Comments:

At 11:08 a. m., Anonymous Enrique Boye Soto said...

¡Feliz cumpleaños, papá! También me sumo, por supuesto, a este recuerdo y celebración. Con el mismo cariño y admiración que hoy evocamos. Y con la misma imagen que aquí mi hermano Otto describe. Agrego, además, que tuvo siempre un gran espíritu solidario con el ser humano. De mis hijos sólo Karin, la mayor de los tres, estuvo en sus brazos y sintió su calidez de abuelo. Verdaderamente, aún ahora lo echo mucho de menos.

 

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