Semana Santa se presta para reflexiones trascendentes. Después de todo, la sola afirmación de los cristianos de que Jesús fue crucificado un viernes, pasó todo el sábado en la oscuridad de la muerte, pero resucitó el domingo "en gloria y majestad", ya abre un mar de interrogantes que nuestra limitada inteligencia no terminará nunca de desentrañar en plenitud. Renunciando de antemano al intento de penetrar en estos misterios, queda siempre la sensación de un hombre excepcional, extremadamente compasivo, que amó a la especie humana y sacrificó su vida por ella, tratando de mostrarle un camino de salvación. Jesús fue solidario hasta el extremo con una humanidad que, desde siempre, se había desarrollado en el dolor y que, con el tiempo, experimentaría sufrimientos peores y de dimensiones inimaginables. Su gesto supremo abrió la esperanza en un mundo dominado por la solidaridad. Esta señal y su mensaje respectivo ha atravesado los tiempos y hoy, en tiempos de una globalización nacida en el marco de valores individualistas extremos, adquiere otra vez una vigencia inusitada. En efecto, mientras la globalización llegó para quedarse, la forma en que se ha organizado muestra, cada día más, debilidades intrínsecas a cualquier globalización unidimensional de los valores humanos. Si hubiésemos globalizado primero el valor de la solidaridad, el mundo sería hoy distinto y mejor, aunque, probablemente, algunos sectores muy minoritarios, que hoy viven en la extrema abundancia, no hubiesen podido alcanzar hoy esos niveles. La forma extremadamente liberal e individualista en que todo se ha organizado ha mutilado a la persona humana, en general, y a los más débiles, en particular. Por eso, una lucha sin violencia por globalizar la solidaridad es quizá, hoy, la invitación más estimulante que se puede hacer a las nuevas generaciones. El mensaje viene de alguien tan actual que parece convocar a la humanidad desde el futuro.
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